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En profundidad: Inch´Allah

FICHA TÉCNICA:

Dirección: Anaïs Barbeau-Lavalette

Guión: Pedro Anaïs Barbeau-Lavalette

Director de fotografía: Philippe Lavalette

Montaje  y edición: Sophie Leblond

Música: Lévon Minassian

Diseño de producción: André-Line Beauparlant

FICHA ARTÍSTICA:

Chloé: Evelyne Brochu

Rand: Sabrina Ouazani

Ava: Sivan Levy

Faysal: Yousef ‘Joe’ Sweid

Safi: Hammoudeh Alkarmi

Argumento:

Chloé es una médico canadiense que ejerce como voluntaria en Tel Aviv asistiendo a las madres palestinas en una clínica, para ello debe cruzar la frontera todos los días, donde cumple el servicio militar obligatorio su amiga Ava. Inmersa en los dos mundos que coexisten en este conflicto sin fin: Israel y Palestina, Chloé se empapará de las gentes, de los miedos internos, de la violencia, del odio, de las ganas de vivir y de lo cotidiano, mientras su única ventana al exterior es la que le proporciona su ordenador portátil.

Difícil asunto el de abordar el conflicto entre Israel y Palestina, cada uno tendrá su propia postura al respecto. La de esta película, gran película para el que suscribe,  es la de que llegados a un punto, es complicado situarse al cien por cien, en uno de los dos, porque trata de personas a las que el concepto mismo de “los dos bandos” les atrapa en medio de una sinrazón que por desgracia sigue una lógica, una humana lógica. La historia de aquellos que en realidad no querrían estar en ninguno de los dos y vivir, simplemente, una vida. Sin proyectos de futuro y sorteando la miseria de un día a día que en un abrir y cerrar de ojos puede convertirse en un caótico y descontrolado conflicto a pequeña o a gran escala, con la sensación de que la rabia y la fragilidad son sentimientos concordantes y se llevan bien de las manos.

La protagonista, inmersa en los dos mundos, sin posibilidad de conciliar ambos, sobrevive en base a una cierta “esquizofrenia”, una actitud bipolar, una balanza que remueve sus emociones según las cosas sucedan de un lado o del otro: y su única vía de escape es viajar por medio de una webcam hacia su ciudad natal, con su madre al otro lado, en una de las escenas más emocionalmente contenidas de una película que si en algo destaca, es en la óptica emocional de los conflictos humanos y empuja al espectador a cerrar el puño, casi a intervenir, y a reflexionar, ante la impotencia y la estupidez.

Rodada con una factura impecable y cercana, no se puede escapar la sensación de que además de algunas secuencias para el recuerdo, los actores están enormes, la psicología y los comportamientos huyen del estereotipo. A estas alturas, lograr semejante impacto y que la película ruede por tu cabeza al salir de la sala sin emplear ningún tipo de artificio resulta loable, sobre todo cuando no es un repaso histórico de algún hecho concreto del conflicto, conocido y divulgado en los medios, sobre todo porque lo que sucede, es la tensión constante de que puede suceder algo, pero no sucede nada y la vida tiene que seguir.

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